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domingo, 4 de enero de 2009

¿TENEMOS MIEDO A LA CRISIS?


El miedo está basado en algo subjetivo que potenciamos las personas. Para tener miedo nos basamos mucho en nuestras sensaciones personales. Depende también de la forma de ser cada persona, del carácter y de la personalidad que haya forjado en las distintas épocas de su desarrollo natural.

La niñez suele ser la época en donde se tiene miedo a muchas cosas ya que son desconocidas por la falta de capacidad de comprensión. Por ello, se debe educar a los niños de una forma constructiva, haciéndoles ver las cosas y explicándoles el porque de las mismas para que las comprendan.

Igualmente, poco a poco, se debe ir acostumbrando a los infantes a que comiencen a ser independientes, aprendiendo a valerse por si mismos de una forma gradual. El ser autosuficientes ayuda a las personas a afrontar las cosas de una forma objetiva y madura.

Las personas dependientes de los demás son muchos más asustadizas porque les da pánico tener que hacer algo sin ayuda de nadie.

Todo es cuestión de a que nos acostumbremos o nos acostumbren. Por ejemplo, si unos padres acostumbran a su bebe a dormir con ellos desde el principio, luego no querrá de ninguna manera salir de la cama de sus padres para pasar a la suya propia. Lo conseguiremos reeducando su comportamiento con mucho esfuerzo (y lloros).

Lo nuevo no tiene que dar miedo, sino respeto que son dos cosas diferentes. El triunfo lo consiguen los valientes, los que se arriesgan.

Debemos de asumir esos riesgos como algo natural. Cuantos menos riesgos provoquemos, tendremos más posibilidades de éxito. Si un estudiante, de 50 temas que le entran para un examen, se estudia 10 está arriesgando mucho. Iría con menos riesgo si se estudiase todos. Aun así tendría algún riesgo inevitable. Se puede poner nervioso o “quedarse en blanco” por la falta de seguridad en si mismo, provocada por miedos internos mal asumidos.


Tenemos miedo a un nuevo trabajo. ¿Cómo será ese trabajo? ¿Será una empresa seria? ¿Los compañeros serán agradables?


También está el miedo a no ser capaces de cumplir con los objetivos. O el miedo de un cambio interno en la empresa. O el miedo a quedarse sin trabajo.

Ahora mismo, muchas personas están paralizadas con el tema de la crisis económica. En cierta medida, incentivado por los medios de comunicación que están a todas las horas con lo mismo, alarmando en vez de informar.
Pero los datos están ahí. El año pasado había por estas fechas dos millones de parados a día de hoy estamos cercanos a los 3 millones de personas desempleadas. Al incremento del mismo ha ayudado en gran medida el cataclismo del sector inmobiliario tras años de abuso.
A pesar de que la situación no pinte demasiado bien, según los expertos a los que escuchemos, se remontará antes o después, por lo tanto, ¿a cuáles hacemos caso?
Nadie tiene, ni ha tenido seguro el trabajo; todos estamos expuestos a quedarnos sin él de un día para otro por distintas circunstancias ajenas a nuestra voluntad. Esto lo debemos tener claro y asumirlo con naturalidad porque sino luego llega el miedo al desempleo. Una vea asumido deberéis trabajar por hacer que seáis necesarios y rentables para vuestras compañías haciendo que no les compense deshaceros de vosotros.
Si por otro lado percibís que vuestra compañía no va bien y corre riesgo de quebrar o cerrar debéis comenzar a ponerle remedio nada más que percibáis esta situación si sabéis leer los mensajes previos que se remontan en el tiempo. Las cosas no pasan porque sí. Hay que saber y querer ver la realidad de las cosas, afrontándolas, dejando a un lado miedos infundados.
Tener miedo y pánico a lo desconocido no ayuda. Debéis pensar las cosas antes de hacerlas teniendo en cuenta los pros y los contras para hacerlas o no. Ninguna generalización es buena.
Estamos en la sociedad el bienestar y a todos nos gusta vivir con todas las comodidades. Eso sí, todos debemos de vivir con respecto a nuestras posibilidades y no por encima. Antes de meterse a comprar una casa, coche o refundir varios créditos, hay que echar cuentas de si se podrá pagar.
Puede ser que se nos den muchas facilidades de compra y de pago. Uno no puede arriesgar todo su capital porque si les sale mal se queda en la ruina.

Los ciclos económicos cambian y eso hay que tenerlo claro, echando cuentas según los ingresos de los que disponéis. Digo yo muchas de las personas que están en esta situación ahora tienen miedo y pánico ¿Por qué no lo tenían cuando se embarcaron? Las cosas hay que analizarlas y verlas con realidad antes de acometerlas.
A veces nosotros mismos somos nuestros peores enemigos porque vemos las cosas según nos interesa. Las cosas hay que verlas tal y como son. En esta vida hay que arriesgarse pero teniendo claro lo que uno arriesga.
Miedo no hay que tener pero si prudencia a las cosas. El éxito es de los que se arriesgan con prudencia teniendo claro lo que hacen y porque. Hay que ser consciente de las cosas. La inconsciencia nos hace cometer muchos errores.
Publicado por Juan Martínez de Salinas

¿Que serás cuando seas una persona anciana?



Hay una ley que dice que todo lo que va vuelve. Pues bien: afortunados los niños, llegó el momento... Casi todos los adultos de hoy, cuando tenían entre cuatro y siete años, pasaron por la turbación de escuchar la pregunta que hacían los grandes: ?¿Qué vas a ser cuando seas grande??. De hecho, yo se la hice a mi hijo. Respondió con seguridad: ?Cartero?, profesión que por suerte no eligió, porque diez años después Internet lo hubiera dejado fuera del mercado.

En mi caso, respondía que iba a vivir en China, porque me gustaban las pagodas. También me alegro de no haberlo hecho, porque cuando, de grande, estuve en Pekín y Shanghai me costó encontrar alguna. El ?progreso? les había pasado por arriba.

Pues bien: sobrevivimos en la convicción de que era algo por lo que había que pasar en el devenir del crecimiento, sin siquiera imaginar que el boom de la longevidad traería para nosotros una reivindicación.

Muy pocos se atrevían ayer a preguntarles a sus padres: ?¿Viejo, que vas a hacer cuando te jubiles??. Esperaban, en todo caso, una respuesta simple: algún hobby, algún viaje y no mucho más. Allí terminaban los nuevos proyectos, porque al poco tiempo se morían.

Pero, ¿cómo no preguntarle algo así hoy a nuestra madre de 65 años? Ella no sólo seguramente se está jubilando o retirando, sino que le pueden quedar, gracias a los avances de la medicina, treinta años por delante, casi el mismo número de años de experiencia laboral.

Finalmente, los niños que fuimos nos damos cuenta de que aquella pregunta que no podíamos evitar, pero cuya respuesta no nos comprometía, era mucho menos problemática que la que tenemos que realizar ahora, de adultos. Cuando la hacemos, no interrogamos ni con ironía ni con ternura, sino con cierta ansiedad en caso de que nuestros futuros viejos no se dispongan a planificar un camino para todas las décadas que les quedan por vivir.

En Europa, hay alrededor de cinco millones de personas con la enfermedad de Alzheimer, y las probabilidades de padecerla aumentan con la edad. La estadística es preocupante, pues la padecen el 5% de los mayores de 65 años, el 30% de los mayores de 80 años y el 40% de los mayores de 90 años. De manera que hoy el nuevo desafío reside en que la pregunta la podemos y la debemos hacer, pero sin estar seguros de que pueda ser respondida.

Acabo de leer, absorta, un desafío mucho mayor. Quisiera ver quién se atreve... ¡a regalar una muñeca a sus padres! Una muñeca que habla y sonríe si la acarician y que aprende las palabras que el anciano le va diciendo. Pues en Japón ya se venden, por sólo 75 dólares.

Japón es un país de vanguardia en una estadística escalofriante: es el primero en registrar más muertes que nacimientos. A esto se añade que cuenta con los mayores índices de longevidad y tiene más de 30.000 centenarios. Así que empresas dedicadas a la industria del juguete, ni cortas ni perezosas, acaban de lanzar juguetes para la tercera edad al mercado. Sólo de la línea de muñecas llevan vendidas más de un millón de unidades. Esas empresas no dudan acerca de lo que seguirán haciendo en el futuro.

La autora es psicóloga